Saturday, July 19, 2008

Los cuatro tipos de corazón – El corazón superficial

En nuestra última conversación comenzamos a explorar los tipos de actitud del corazón que Jesús nos muestra en la parábola del sembrador. Como ya aprendimos, es importante conocer como trabaja nuestro corazón para que no seamos engañados al pensar que estamos “bien” en nuestra relación con Dios cuando realmente estamos lejos de él. Hoy queremos explorar por un momento el segundo tipo de corazón – el superficial.

“Parte cayó en pedregales, donde no había mucha tierra; y brotó pronto, porque no tenía profundidad de tierra; pero salido el sol, se quemó; y porque no tenía raíz, se secó… Y el que fue sembrado en pedregales, éste es el que oye la palabra, y al momento la recibe con gozo; pero no tiene raíz en sí, sino que es de corta duración, pues al venir la aflicción o la persecución por causa de la palabra, luego tropieza.”
Mateo 13: 5-6, 20-21

En la parábola, este suelo es tierra que parece buena, pero tiene una capa densa de piedra a poca distancia de la superficie. Cuando una semilla cae ahí, la raíz no tiene hacia donde profundizar, así que la planta brota rápido a la superficie buscando humedad por lo que comienza a exhibir sus hojas. De primera instancia, parecería que éste es el terreno mas bueno, el que mas fruto va a dar. Pero llegado el día caluroso, estas plantas mueren secas porque no tienen profundidad para buscar agua.

El Señor nos dice que ésta es la gente que oye la Palabra y reacciona rápida, efusiva y gozosamente. Pienso mucho en las grandes actividades evangelísticas en donde la gente, luego de escuchar la música, o la predicación super-emotiva, o ver manifestaciones espirituales impresionantes, se excitan, se emocionan y toman decisiones apresuradas acerca de su futuro espiritual.

Sin embargo, “convertirse” a Jesús por que me gusta “el ambiente” o porque me tocaron las emociones, o porque me dijeron que Dios me solucionaría todos mis problemas, es una receta para el desastre espiritual. El proceso genuino de salvación se da cuando, por la predicación del evangelio y por el poder el Espíritu de Dios, soy convencido de mi condición delante de Dios, de mi pecado y rebeldía contra él, cuando me arrepiento de mi camino (esto significa me “doy la vuelta”), y entrego mi vida a Dios, aceptando a Jesucristo y su sacrificio como mi única esperanza de vida. Esto es seguido por el “fruto”, que es un cambio radical, genuino y completo de mi estilo de vida por uno que agrada a Dios. Esto no significa que inmediatamente ceso de cometer pecados, pero sí que mi manera de manejar mi vida ha cambiado radicalmente. Ya lo que hacía antes no me agrada, ya mis prioridades han cambiado, ya mi deseo no es para mí sino para Dios.

El que tiene un corazón superficial es aquel que, en el día que es probado, no resiste. ¿De qué tipo de prueba estamos hablando? El texto nos dice “la aflicción o la persecución a causa de la palabra”, y en este caso representa el momento en que la Palabra de Dios, la exigencia de Jesús hacia nosotros, choca contra un corazón que no está realmente arrepentido de su maldad. Debajo de la apariencia de piedad y cristiandad, hay una piedra, un endurecimiento por causa del deseo pecaminoso que no ha sido destronado de nuestro corazón. Dios, en su misericordia, continuará exponiendo aquellas cosas que están en nuestro interior que necesitan ser arrancadas por su poder. Aquél que todavía ama su pecado, no quiere que Dios se meta en su vida. Estas son personas que aún permaneciendo en las congregaciones, son gente no-arrepentida, no-regenerada, que eventualmente causan conflictos, contiendas, disensiones, y que traen escándalos de inmoralidad y deshonestidad a la iglesia. Parece que “son” pero no son. Aprendieron desde temprano el “juego de la apariencia” y engañan a los hermanos con su participación en las actividades de la congregación, con sus “ministerios”, con sus ofrendas, con su aparente compromiso. Pero Dios no puede ser engañado; él conoce nuestro corazón y en su momento, a través de la luz reveladora de su Palabra, expone nuestra hipocresía religiosa y nuestra voluntad todavía cautiva a nuestras pasiones.

El pecado no confesado dentro de nuestras iglesias es síntoma de la presencia de corazones superficiales; gente no-regenerada que no está arrepentida de su mal proceder y que no tienen genuino interés de responder a las exigencias de Dios para sus vidas. Esto es un juego peligroso, porque la apariencia de piedad solo nos llevará a ser “vomitados de la boca de Dios” el día en que nos presentemos ante su trono de juicio. La rectitud de corazón, ser íntegro, de una sola pieza, es un requisito esencial para confirmar nuestra salvación. No podemos llamarnos cristianos y vivir una vida interior llena de corrupción. A la larga todo se sabrá, porque no hay pecado oculto que no sea expuesto. Si ésta es la condición de tu corazón, todavía estás a tiempo para arrepentirte y realmente conocer el poder libertador de Jesús para ti.

En Cristo,
Gadiel