Friday, January 8, 2010

¿Por qué anhelamos un avivamiento?

El 2010 nos encuentra con un particular anhelo de recibir de Dios una visitación extraordinaria. Hemos conocido muchos hermanos en la fe que están en la misma “onda espiritual”. Este deseo de ver a Dios manifestarse entre su pueblo y cambiar el ambiente espiritual de nuestra iglesia, familia, ciudad y país, no proviene de nosotros mismos. Dios planta en nuestro corazón su plan para que colaboremos con él a través de la oración y la unidad de propósito.

Estoy terminando de leer una corta biografía de Jonathan Edwards, el famoso pastor y teólogo norteamericano que vio el Gran Avivamiento de Nueva Inglaterra en los 1750. Sus experiencias y escritos acerca de este impactante mover de Dios son impresionantes (mas de esto próximamente). No hablo solamente de lo que ocurrió en los primeros meses del avivamiento, sino también las consecuencias (algunas positivas y otras negativas) de este despertar. Sin ser de manera alguna un experto en el tema, me atrevo mencionar que este fuego de Dios derramado sobre el lugar tuvo el impacto que la Palabra predice: viene a limpiar y purificar los corazones de los creyentes (como se purifican los metales preciosos), pero también viene a quemar y exponer los corazones de los impíos e incrédulos (como se quema la basura y solo queda la ceniza al final). ¡Este “negocio” del avivamiento es un asunto peligroso para los que juegan con el evangelio!

Ahora bien, manejado correctamente (¡sí, dije “manejado”!) es una bendición de Dios para la expansión de su Reino. La palabra “avivamiento” aparece muy pocas veces en la Biblia, siendo la carta de Pablo a Timoteo uno de los pasajes más conocidos acerca del tema, el cual reproduzco a continuación en contexto:

“Doy gracias a Dios, al cual sirvo desde mis mayores con limpia conciencia, de que sin cesar me acuerdo de ti en mis oraciones noche y día; deseando verte, al acordarme de tus lágrimas, para llenarme de gozo; trayendo a la memoria la fe no fingida que hay en ti, la cual habitó primero en tu abuela Loida, y en tu madre Eunice, y estoy seguro que en ti también. Por lo cual te aconsejo que avives el fuego del don de Dios que está en ti por la imposición de mis manos. Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio. Por tanto, no te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor, ni de mí, preso suyo, sino participa de las aflicciones por el evangelio según el poder de Dios…” (2da Timoteo 1:3-8)

De este pasaje podemos llegar a conocer varios principios del avivamiento genuino:

¿Quién puede ser avivado?
Aquél que ya tenían “una llama” por dentro; aquél regenerado por Dios, habitado por su Espíritu, que vive “una fe no fingida”.

¿Por qué necesitamos ser avivados?
Porque nos convertimos en creyentes “tibios”, quienes por causa de los afanes de la vida y la lujuria de las riquezas, nos alejamos de nuestra pasión por Dios, por la Palabra, por la oración, por el servicio y la misión. Somos los que, por nuestra negligencia, hemos dejado a un lado el evangelismo y las obras de caridad. Vivimos en extrema comodidad con las bendiciones (económicas, espirituales, políticas, etc.) que Dios nos ha dado. Y por eso, el mundo alrededor nuestro se derrumba, y muchas veces a nosotros nos tiene sin cuidado.

¿Cómo podemos ser avivados?
Requiere de un espíritu de sumisión total a Dios. Comienza con la confesión de nuestros pecados, el arrepentimiento genuino con lágrimas y gemidos, la conversión o cambio de estilo de vida a uno de pasión y entrega por el Reino. Le sigue un coordinado esfuerzo de oración, ayuno y vigilia entre hermanos que tengan el mismo sentir. Es un dato histórico: todos los avivamientos comienzan con un grupo de oración que en reuniones constantes trajeron la visitación de Dios al lugar.

¿Cúal es el resultado del avivamiento?
Aquí es donde mas hemos fallado los pentecostales/carismáticos en los últimos años. El avivamiento no tiene nada que ver con grandes reuniones sin fin para “manifestar” quién tiene más “unción”. Esto es el equivalente a encender la llama de los carbones de un “hibachi” (o BBQ) para luego quedarnos mirando los carbones consumirse y extinguirse en cenizas; ¡esto es locura! (En esto le hemos dado lugar al diablo y la carne para que detengan el fuego de Dios con señales y prodigios falsos). Encendemos y luego “avivamos” (con “viento recio”) el fuego de los carbones, para cocinar carne, para procesar algo dañino y convertirlo en algo provechoso. El fuego de Dios es avivado en nosotros para que produzcamos para el Reino. El “espíritu de cobardía” es cambiado por uno de “poder, amor y dominio propio”. Dejamos de hacer de nuestra fe un asunto privado, y nos movemos con valentía a proclamar el evangelio a un mundo perdido (“por tanto, no te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor…”). ¡Esto fue lo que ocurrió con los 120 el Día de Pentecostés! Ellos salieron del Aposento Alto (lugar secreto de oración, la clave para que llegue el viento recio) a la calle y las plazas, proclamando en los idiomas extranjeros el mensaje de Jesucristo y su cruz. ¡Qué tremenda y poderosa figura del movimiento misionero mundial! Salimos avivados a evangelizar, enviando misioneros permanentes a todo lugar (comenzando con nuestra propia comunidad), para plantar iglesias y servir con caridad al pueblo que no conoce a nuestro Dios. ¡Eso es avivamiento!

¿Quién quiere ser partícipe de un nuevo mover de Dios que arrope nuestra comunidad e impulse un nuevo movimiento misionero y evangelístico? ¿Quién desea ser parte de la expansión del Reino de Dios, plantando la semilla del evangelio que afectará las generaciones por venir durante este siglo?

Si quieres ser de estos, acompáñame a orar.

En Cristo,
Gadiel