Saturday, December 26, 2009

Resoluciones para el 2010; Tiempos Difíciles, Esperanza Segura

Cuando se acerca el final de un año usualmente nos sentamos a recapitular acerca de las metas que hemos logrado y los desaciertos que hemos cometido, todo lo que hemos obtenido y todo lo que hemos perdido. El denominador común de todos estos pensamientos es que giran en torno a nosotros. Sin embargo, la Palabra habla acerca del sabio, el entendido, el sobrio, quién es aquél que observa y “pesa” los tiempos en los que vive, y toma acción (Prov.22:3).

Cuando miramos nuestro mundo, nuestra ciudad y la iglesia de Cristo podemos encontrar ciertos patrones: la maldad se ha intensificado, hay mayor apostasía y paganismo aún en la iglesia, vemos mucho dolor humano por doquier. Estamos claramente caminando hacia una situación mundial insostenible, tanto económica, climática, política y de recursos de supervivencia. Cabe entonces preguntarnos: ¿Qué tiempos vivimos? ¿Qué debemos hacer? ¿Cuál es nuestra misión? ¿Cómo mantenemos el paso sin caernos?

En Mateo 24 (y sus paralelos de Lucas 21 y Marcos 13) Jesús nos habla de este período que estamos viviendo, y predice varios eventos en tres secciones generales: (1) los tiempos del fin (o de los gentiles), (2) la caída de Jerusalén (en el 70 DC y su posible paralelo apocalíptico con el “día de la ira de Dios”), (3) los días previos al regreso visible de nuestro Señor Jesucristo a la tierra. Leerlos es por momentos difícil y algo deprimente pero si somos de los sobrios y entendidos, sabemos que no tenemos opción; necesitamos saber y necesitamos actuar.

Cristo predice la condición de los tiempos del fin (el tiempo presente): engaño doctrinal (Mat.24:11-12), desasosiego mundial (Luc.21:9-11) y persecución a los cristianos (Luc.21:12,16-17). Sin embargo, también prevé un tiempo de evangelismo mundial (Mat.24:14) mientras el cuido soberano de Dios sobre su iglesia nos lleva de la mano (aunque esto represente oposición y aún la muerte para nosotros; Luc.21:18-19, Mat. 24:13). Si podemos hablar de un avivamiento mundial en el fin de los tiempos, es el que provendrá del fuego del Espíritu que nos limpia de nuestro pecado, recalibra nuestros pensamientos, e infunde pasión por la salvación de las almas perdidas, de tal manera que nuestra primera prioridad sea ahora trabajar para el Reino.

Entonces, ¿qué debemos hacer? En este tiempo en que la gente “desfallece por el temor y la expectación de las cosas que sobrevendrán en la tierra”, lo primero es agarrarnos de nuestra fe y esperanza, de que para los nacidos de nuevo, ¡estos tiempos son de expectativa de gloria! Y el llamado de Dios a nuestra vida no puede ser más urgente ni certero:

“Mirad también por vosotros mismos, que vuestros corazones no se carguen de glotonería y embriaguez y de los afanes de esta vida, y venga de repente sobre vosotros aquel día… Velad, pues, en todo tiempo orando que seáis tenidos por dignos de escapar de todas estas cosas que vendrán, y de estar en pie delante del Hijo del Hombre.” (Lucas 21:34,36)

Nuestra prioridad, meta, resolución, para el 2010 debe ser ésta: llenarnos de pasión por el Reino de Dios, de tal manera que mantengamos los ojos bien abiertos y no nos dejemos hechizar por las comodidades y deseos de esta vida. El tiempo se acaba y sólo nos resta mantenernos velando, orando, evangelizando y aguantando los ataques del infierno hasta que nuestro Señor regrese otra vez y “nos halle haciendo así”.

En Cristo,
Gadiel

Saturday, December 19, 2009

¡La Navidad es Cristo!

Los casos de depresión y suicidio usualmente se disparan en esta época de Navidad, ¡y no es para menos! Relacionamos la temporada con la familia y las amistades, y lamentablemente traemos a nuestra memoria las relaciones rotas y la soledad que vivimos hoy por causa de nuestro pasado. Aún más, a muchos la tristeza nos embarga cuando se acerca el fin de año y recapitulamos nuestra historia, reconociendo lo que no hemos alcanzado y todo lo que hemos perdido.

Aún cuando la vida ciertamente trae muchas tristezas, la historia de la Navidad (bien contada y creída en el corazón) debe producir en el verdadero cristiano (el nacido de nuevo) exactamente el efecto opuesto de lo que acabamos de mencionar: gozo, paz, esperanza y una razón para vivir. ¿Por qué esto es así? Porque Cristo vino (se encarnó, se hizo hombre, nació, ¡Navidad!) para quitarnos el peso de nuestra culpa y librarnos del hábito que nos destruye: el pecado.

El pecado es desobediencia a la ley de Dios. Esta ley se resume en “amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos”. Si en algo los seres humanos fallamos miserablemente es en estas dos actividades. Amamos más nuestras cosas (casas, carros, ropa, artefactos), nuestros placeres, nuestra vida y bienestar, nuestras opiniones y talentos, que a Dios. Y amándonos a nosotros mismos tan fuertemente, no nos queda mucho espacio para el prójimo, sobre todo si dar algo de mí para el vecino significa quedarme corto en aquello que tanto anhelo.

El único problema con esto es que al final del día terminamos engañados y frustrados porque todo lo que obtuvimos de la vida fue dolor, tristeza, soledad y fracaso. Nuestros matrimonios se derrumban por el egoísmo y la infidelidad. Nuestros hijos se pierden en vidas licenciosas porque fallamos en amarlos y disciplinarlos correctamente. Nuestra riqueza o pobreza al final tiene muy poco que ver con nuestra verdadera paz interior. Y cuando todo cesa, nos quedamos pensando por qué nuestro vacío interior sigue siendo tan grande, tan pesado, tan profundo, tan interminable como el primer día que nos dimos a la tarea de borrarlo del corazón.

Pero, nuestra respuesta es ¡Cristo! La Biblia dice:

“Y sabéis que él apareció para quitar nuestros pecados… Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios.” (1 Juan 3:4, 9)

Cristo entró al mundo para “quitar” nuestra culpa y tristeza, y para implantar una semilla de Dios en nosotros, para que ya no “practiquemos el pecado”. Él vino a sanar y restaurar nuestro corazón de todo el peso de culpa que nos hunde, y darnos la capacidad de Dios para no volver a cometer los mismos errores del pasado, sino que aprendamos a vivir para su gloria.

¿Cuál es el resultado final de esta verdad? ¿Qué ganamos los verdaderos cristianos con todo esto? La Biblia nos dice que Dios nos da:

  • Gozo, aún cuando nos quedemos solos en el mundo:
“Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios; por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoció a él.” (1 Juan 3:1)

  • Esperanza de un cambio total y final de vida, aún cuando hoy todavía luchamos contra el remanente de pecado que queda en nosotros:
“Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es.” (1 Juan 3:2)

  • Razón de vida para amar al Dios que nos ha amado tanto, y que nos hace tener hambre de la ley de Dios (“hambre y sed de justicia”), de ser lo que no somos hoy, para su gloria:
“Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro.” (1 Juan 3:3)

Amado, recibe a Dios en tu corazón hoy. Cree que el Señor Jesucristo vino a esta tierra para cambiar tu existencia, para pasarte de muerte a vida, de dolor y tristeza a esperanza y paz. Si aceptas su llamado, pides perdón por tu pecado y rebeldía, y entregas tu voluntad al que te creó, todo lo que hemos hablado será para ti también.

En Cristo,
Gadiel