Saturday, May 17, 2008

Jesús y la condición del corazón

La semana pasada vimos que la Palabra de Dios nos advierte acerca de la condición de nuestro corazón (nuestro ser interior), porque podemos ser de los que asisten regularmente a una congregación y permanecer engañados, creyendo que estamos en paz con Dios pero nuestra realidad es que vivimos en muerte espiritual (Hebreos 3:12-13, 4:1-2). Jesús abundó acerca de este asunto en el pasaje de la parábola del sembrador (Mateo 13). Pero antes de entrar en el contenido de la parábola, vamos a concentrarnos en una discusión que Jesús tuvo con sus discípulos, y que es de extrema importancia a todo aquél que quiera llamarse cristiano.

El capítulo 13 de Mateo comienza con Jesús “sentándose” frente a la multitud. Ésta era la postura de enseñanza de los maestros rabinos; o sea, lo que Jesús tenía que decir era importante y la gente estaba ávida por oír. Sin embargo, en ese día Jesús decidió hablar todo en parábolas (historias morales) y no claramente. Cuando se termina el día, los discípulos de Jesús le recriminan (vers.10): ¿Por qué les hablas en parábolas?, o mejor dicho ¿Para qué confundes a la gente? ¿Es que no quieres que te sigan? La respuesta de Jesús es todavía más asombrosa (vers.11): “Para que no me entiendan”. ¿Para que no lo entiendan? ¿Qué le pasa a Jesús? La razón por la cual Jesús justifica su acción es impresionante y sumamente atemorizante para todo aquél que realmente le quiere seguir. Citando al profeta Isaías (Isa. 6:9-10) Jesús proclama:

“De oído oiréis, y no entenderéis, y viendo veréis, y no percibiréis. Porque el corazón de este pueblo se ha engrosado, y con los oídos oyen pesadamente, y han cerrado sus ojos. Para que no vean con los ojos, y oigan con los oídos, y con el corazón entiendan, y se conviertan y yo los sane” (Mateo 13:14-15)

Existe una condición del corazón, la cual es descrita aquí como “engrosado”, que significa “engordado”, la cual lleva a Dios a cerrar su mensaje al hombre, literalmente para que no “entienda, ni se convierta, ni sea sanado”. ¿Qué es un corazón “gordo”? La gordura por glotonería (no la que se refiere a una condición médica o de herencia), es causada por la pobre alimentación y la falta de ejercicio. En el caso espiritual, el “corazón gordo” existe en aquél que no le interesan los asuntos de Dios, que alimenta su mente con cualquier cosa excepto con la Palabra de Dios, y que no ejerce las disciplinas espirituales (“ejercicios espirituales” tales como la oración, el ayuno, la lectura, el estudio, la meditación en la Palabra, etc.). Dios retiene su Palabra, la cual es el medio de salvación para la humanidad (Romanos 10:17), a aquellos que no les interesa el mensaje, y para ser más específicos, que no están dispuestos a responder al costo del mensaje: la negación al yo y la entrega total y final de nuestra voluntad a él.

Esto que acabamos de discutir es un asunto serio y de consecuencias eternas para todo aquél que no le presta atención. Mirar nuestro corazón para asegurarnos que está alineado con la Palabra de Dios, y que no es rebelde al mandato de Dios para nuestras vidas, es vital para que podamos llamarnos verdaderos cristianos, verdaderos hijos de Dios.

En Cristo,
Gadiel

Saturday, May 10, 2008

El corazón incrédulo

Vivimos en un tiempo en donde la iglesia del Señor padece de una enfermedad terrible: la liviandad espiritual. Sabemos muy poco acerca de lo que creemos (conocimiento bíblico doctrinal), y nuestra relación individual con Dios es casi inexistente (el ejercicio de las disciplinas espirituales). La Biblia es bien enfática al decirnos que dentro de la iglesia visible (los que asisten cada domingo, participan en algún “ministerio”, dan sus ofrendas y diezmos, y a todas luces parecen cristianos comprometidos) habrá muchos engañados. Gente que creen ser cristianos porque en algún momento tuvieron un “encuentro con Dios”: se emocionaron al escuchar un sermón avivado, vieron alguna manifestación sobrenatural, y a consecuencia de ello “pasaron al frente” y repitieron la “oración del penitente”. Para que estemos meridianamente claros desde el comienzo de nuestra plática, la Palabra de Dios nos declara que la prueba única, final y contundente de la regeneración del pecador a una nueva criatura es el fruto de su arrepentimiento:
“Así que todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malo. Así que, por sus frutos los conoceréis”
(Mateo 7:16-20)
Dios nos envía una advertencia muy dura con respecto a este asunto, para que miremos nuestro corazón y nos volvamos a él inmediatamente si es que encontramos en nosotros las señales de un corazón incrédulo. Veamos:
“Por lo cual, como dice el Espíritu Santo: Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones. Mirad, hermanos, que no haya en ninguno de vosotros corazón malo de incredulidad para apartarse del Dios vivo”
(Hebreos 3:7-8,12)
La condición de nuestro corazón dictará si al darse a conocer nuestro verdadero fruto, nos apartaremos de Dios por causa de nuestra maldad sin erradicar. En la Palabra de Dios, el “corazón” es el asiento de nuestro pensamiento (mente), nuestros sentimientos (lo que nos gusta y lo que no nos gusta) y nuestra voluntad (lo que escogemos hacer o no hacer). Este texto que acabamos de leer nos dice que hay “corazones malos” y los define como “corazones de incredulidad”. Son “creyentes” que escuchan la Palabra cada domingo, piensan acerca de ella, pero chocan con la exigencia de Dios para sus vidas. Les gusta más su pecado que lo que Dios les requiere y escogen seguir su placer en vez del reclamo de Dios. Esto se llama rebeldía y es el mismísimo pecado del Edén.
Sabemos que los cristianos estamos en un proceso de crecimiento en donde en ocasiones pecamos contra Dios. Pero todo verdadero creyente es aquél que se espanta, se duele, se fastidia por haberle fallado a Dios, y se arrepiente inmediatamente de su maldad con lágrimas. Sin embargo, el creyente falso, el de corazón endurecido, es aquel que repite su pecado sin ningún tipo de remordimiento, y tapa su apariencia “cristiana” con asuntos religiosos (como la participación en algún ministerio, grandes ofrendas, y aún manifestaciones falsas de espiritualidad). Mira como la Biblia describe a éstos de corazón incrédulo:
“A causa de esto me disgusté contra esta generación, y dije: Siempre andan vagando en su corazón y no han conocido mis caminos”
(Hebreos 3:10)
Son gente que han oído el mensaje del evangelio, es posible que lo sepan de memoria y lo puedan predicar con fogosidad (lo que nosotros confundimos con “poder”, ¡¡¡error!!!), pero no han conocido el camino de Dios. No han experimentado el verdadero poder del evangelio de Dios, que no consiste de ruido, espectáculos llamativos, grandes manifestaciones ni milagros, ni manipulación de emociones, sino de estilos de vida transformados radicalmente para la gloria de Dios y para testimonio a los que no creen. Este es el verdadero fruto: el que corrige su vida sexual desordenada (dejando el adulterio, la fornicación, el homosexualismo y el lesbianismo, la pornografía), el que pone en orden su familia, el que ordena sus finanzas, el que deja de mentir y robar en sus negocios, el que cambia su lenguaje y deja atrás las maledicencias, el chisme y las contiendas, el que deja de pensar en sí mismo y lo que puede obtener de Dios (el egoísta engañado por el brillo satánico de las riquezas) y comienza a pensar en la necesidad de su hermano en la fe y del vecino en la comunidad.
Hermanos, no seamos engañados por nuestra condición pecaminosa. ¡Miremos, probemos, examinemos nuestro corazón y volvámonos a Dios prontamente para ser restaurados y sanados mientras hay oportunidad!
“Temamos, pues, no sea que permaneciendo aún la promesa de entrar en su reposo, alguno de vosotros parezca no haberlo alcanzado”
(Hebreos 4:1)
En Cristo,
Gadiel