Saturday, November 24, 2007

El cristiano y el sufrimiento (Parte 1)

De mis tiempos de niño conservo una vívida impresión de lo que la mayoría de los creyentes entendían acerca de la vida en Cristo: algo así como entrar en una condena a cadena perpetua, en un profundo calabozo de desesperanza. La vida del cristiano se resumía en una letanía de quejas, fracasos y tristezas por lo que no habíamos obtenido de la vida. Esto me permitía entender la cara de “no buenos amigos” que llevaban los hermanos a todas partes. El hermano más espiritual era entonces, el mas “cara larga”, serio, sufrido y antipático de la congregación. ¡Cómo han cambiado las circunstancias! Hoy, ser un cristiano “espiritual” se mide por lo que hemos obtenido en la vida. Mientras más éxito, dinero, y bienes materiales tengamos, más probamos que somos parte de la elite “ungida” que ha encontrado la “última revelación” de los principios espirituales para obtener “la buena vida en Cristo”.

El problema radica en que ambas visiones de la vida cristiana están equivocadas porque utilizan la vara del mundo para medir la felicidad. Estas cosas (salud, dinero, placer, larga vida y paz) no son malas en sí mismas. La Biblia ciertamente nos exhorta y da consejos para adquirirlas y vivir en ellas sosegadamente (Santiago 5:14-15, 1 Timoteo 6:17-19, Nehemías 8:10, Salmos 34:11-14, Romanos 12:18). Sin embargo, la vida espiritual que nos demanda la Palabra no se define ni depende de lo que alcancemos en la tierra. Los creyentes tenemos puesta la mirada en otras cosas, somos peregrinos de esta tierra, y lo que poseemos (o no poseemos) es solo parte de las circunstancias que nos han tocado vivir por la gracia de Dios. De hecho, nuestra responsabilidad es ser mayordomos fieles de lo que se nos ha dado (¡bueno o malo!), en el lugar y el tiempo donde nos lo han dado, todo para su gloria. Cuando entendemos este principio seremos como el niño que tenía cinco panes y dos peces en medio de una multitud hambrienta: lo que está en nuestra mano, entregado a Cristo para que lo bendiga y multiplique, será de beneficio a muchos (Juan 6:1-15). Pero también podemos ser como el ciego desde la niñez, que no quedo en esa condición “por su pecado o el de sus padres”, sino para que Dios se glorificara en él (Juan 9:1-3). En ambos casos, abundancia o escasez, nuestra circunstancia es utilizada por Dios para mostrar su poder y avanzar su reino.

Para comprender éste y cualquier otro asunto de vida cristiana, siempre tenemos que hacernos una pregunta clave: ¿Qué dice la Biblia acerca de esto? Y en el caso que estudiamos hoy, ¿es el sufrimiento en el creyente algo que puede ocurrir? ¿Es algo aceptable? Más aún, ¿es bueno? (esta pregunta es algo casi inconcebible en nuestro evangelio moderno de prosperidad). Durante estas próximas semanas estaremos hablando de cómo el sufrimiento no solamente es parte normal de la vida cristiana, sino que también es ordenado por Dios para nuestro beneficio y bendición, y cómo él lo utiliza para su gloria. La idea es que juntos podamos llegar al entendimiento que tenía la iglesia primitiva y los apóstoles acerca del sufrimiento: es un gozo sufrir por la causa del reino de Dios (2da.Corintios 12:10).

En Cristo,
Gadiel

P.D. ¡Muchas felicidades en estas Navidades, es el deseo de nuestra iglesia Comunidad Cristiana de Adoración, para todos ustedes!

Saturday, November 17, 2007

Los guiados por Dios (Parte 6)

“Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios”
(Romanos 8:14)

Hoy sabemos con mayor certeza que la prueba de que somos miembros de la familia de Dios (una marca de nuestra adopción) es que tomamos decisiones y seguimos aquellos caminos que están dentro de la perfecta voluntad de Dios. Si nos llamamos cristianos, es necesario que nuestra vida siempre refleje que es guiada por la sabiduría celestial. Sin embargo, todos nosotros, en algún momento, le hemos fallado a Dios, hemos tomado decisiones erradas y necias que solo han traído pesar, tristeza y amargura a nuestra vida. ¿Significa esto que ya no somos hijos de Dios? ¡De ninguna manera! ¿Se ha perdido aquello que Dios tenía planificado para nosotros? Depende desde qué ángulo estemos mirando.

Desde el punto de vista humano, tanto Moisés como Abram perdieron un preciado tiempo por causa de sus malas decisiones y pasos equivocados. A Moisés le tomó 40 años salir del atolladero en el que se metió, y como si fuera poco, lo que se “perdió” en el desierto fue su etapa de mayor productividad. Solo piensa: sus estudios, su herencia, su posición de privilegio, la oportunidad política, ¡todo por la borda! Asimismo, lo único que Abram ganó fueron disputas y divisiones en su hogar, y 13 años de incertidumbre, sin saber hacia donde se dirigía y qué Dios pensaba del asunto de su hijo ilegítimo. ¡Que tristeza!

Ahora bien, no podemos perder de vista algo sumamente importante: nuestro Dios es nuestro Padre. La palabra establece que él nos ama de tal forma que quiere lo mejor para nosotros y para ello nos corrige:

“No menosprecies, hijo mío, el castigo de Jehová, ni te fatigues de su corrección. Porque Jehová al que ama castiga, como el padre al hijo a quien quiere.”
(Prov.3:11-12)

¿Qué es lo mejor para nosotros? ¿Buenos autos, buena casa, una fortuna, salud, amor? Según la Palabra, lo mejor es poder decir como Pablo: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas Cristo” (Gálatas2:20). ¿Qué significa estar “crucificado con Cristo”? Primeramente que Dios, a través de mis errores y fracasos, me enseña quién verdaderamente soy, mis defectos y mis debilidades. Entonces, a través de cada caída y retraso, él mata mi confianza en mí mismo, y me enseña a depender enteramente de su poder. Es en este tiempo que Dios toma cada vez más control de mi vida a través de su Espíritu. Es cuando mi ser natural va muriendo lentamente (esto es lo que significa “crucificado”) y mi ser espiritual se va levantando.

Moisés no perdió su vida, sino que la ganó. En el desierto murió a su vanagloria y se preparó para su ministerio. Abram aprendió a esperar en Dios y confiar en Su fidelidad. Ambos cumplieron sus ministerios a cabalidad, siendo nombrados por Dios como campeones de la fe (Hebreos 11:8-19, 24-29). Y nosotros hoy, no importando el desierto o el silencio que estemos pasando por causa de nuestras malas decisiones, tenemos que aprender a confiar en un Dios soberano que tiene todo bajo su control, que nos ama entrañablemente, que no va a permitir que nos echemos a perder, sino que va a terminar la obra que ya comenzó.

En Cristo,
Gadiel

Saturday, November 10, 2007

Los guiados por Dios (Parte 5)

La semana pasada aprendimos que hay al menos dos tipos de personas que no están dispuestas a esperar en Dios para que guíe sus caminos: (1) el vanaglorioso y (2) el incrédulo. El primero cree ser más de lo que realmente es y solo quiere escuchar el consejo de su propio corazón. Este es el caso del joven Moisés, el cual por poco pierde la vida por inmaduro e impetuoso (¡el desesperado!). Hoy vamos a conocer un poco del caso de Abram, el cual dejó de creer que Dios tenía el poder para cumplir sus promesas y tomó decisiones sin juicio que le pesaron por mucho tiempo.

En Génesis 15-17 vemos la historia de una promesa poco usual para un anciano. Abram estaba preocupado y triste porque no tenía un hijo a quien pasarle todas las bendiciones que Dios le había dado. En el capítulo 15 Dios le promete descendencia haciendo un pacto solemne con él. Dios, para mostrar su poder en nosotros, muchas veces nos anima a creer en lo imposible. Ante el ojo humano las cosas que Dios nos habla muchas veces no tienen sentido. Por eso el capítulo 16 comienza con el resumen de la imposibilidad en la vida de Abram: su mujer Sarai, era estéril, aparte de que ya ambos eran muy ancianos. Aún cuando Dios había prometido una descendencia inmensa, la realidad de la vida cotidiana, el afán diario de Abram le decía otra cosa. Cada mañana él y su esposa se despertaban al triste cuadro de una casa vacía, sin el sonido de hijos y nietos, sin una esperanza que hacía ya mucho tiempo los había dejado. Asimismo, nuestros problemas, las luchas que soportamos día a día, las pesadas cargas que no disminuyen, en ocasiones nos abruman tanto que gritamos desesperadamente por una solución. Fue así que, cuando Sarai le propuso a Abram un método alterno para tener descendencia, él debió haber pensado algo así como: “¿Por qué no? ¿Qué tal si es ésta la manera que Dios va a usar para darme un hijo?” El problema no estuvo en pensar que Dios podía usar medios comunes para darle descendencia a Abram. Cuando estamos mirando los asuntos difíciles de nuestra vida y queremos tomar acción al respecto, es sabio y responsable mirar todas las opciones, meditar en ellas, y luego ejecutar. El problema consiste en que luego de idear nuestro grandioso plan, no lo consultamos con Dios. ¿Acaso creía Abram que iba a darle una sorpresa a Dios? -“¡Mira Señor la ayudita que te he dado!”- En este caso, el plan de Abram consistía (¡nuevamente!) en utilizar sus herramientas humanas, sus posibilidades terrenales, para lograr propósitos celestiales. Debemos aprenderlo de una vez por todas: Dios cumple sus propósitos en sus términos, a su tiempo, a su manera, y para su gloria. Si hacemos las cosas a nuestra manera, el fin (aunque no lo queramos reconocer) es llevarnos nosotros la gloria y el reconocimiento en el asunto. Recordemos, ¡él no comparte su gloria con nadie!

Abram cosechó serios problemas por su falta de juicio. Él probó confiar más en sus ideas y fuerzas que en el consejo de Dios, al ejecutar sus decisiones sin consultar con el que le había hecho promesas. El resultado fue doloroso: una familia dividida y destruida. Pero Abram sufrió algo todavía peor. En Génesis 16:16 se nos dice: “Era Abram de 86 años, cuando Agar dio a luz a Ismael”. En el próximo versículo (17:1) se nos dice: “Era Abram de edad de 99 años cuando le apareció Jehová…” ¿Por qué esta secuencia de textos tan curiosa? Estos textos nos dicen que Abram sufrió el silencio de Dios ¡por 13 años! De todas las consecuencias que un hijo de Dios puede recibir en su vida, la más dura y difícil es ver el cielo cerrado sobre su cabeza. Cuando Dios por fin decidió volver a hablarle, ¿cuál fue la reprimenda? –“Yo soy el Dios Todopoderoso; anda delante de mí y sé perfecto”- Dios nos quiere recordar dos principios básicos:

  • Él es todopoderoso - Él es quien tiene todo el poder y autoridad para llevar a cabo lo que ha dicho. Desconfiar en su capacidad para obrar es pecado de incredulidad. A nosotros nos toca cada día buscar su voluntad en todo asunto, y esperar en él por los resultados (aunque esto tome más tiempo del que nos parezca prudente).
  • Nuestra función es “andar delante de él y ser perfectos” – Esto significa que debemos dar cada paso mirando, siguiendo, imitando y honrando a Dios. Los verdaderos creyentes no tenemos permiso para hacer lo que a nosotros nos parece más correcto. No somos nuestros, no nos pertenecemos, sino que “fuimos comprados”, y por lo tanto ya no podemos decidir por nosotros mismos. Esto no es opcional, es requisito del cristiano, y va en contra de nuestro orgullo humano. Y, como ya hemos aprendido, Dios no trabaja con las reglas de los hombres, sino con las reglas del reino.

Si reconocemos y aceptmos esto, la Palabra nos consuela con la siguiente hermosa y maravillosa expresión de la boca de Dios: “Y pondré mi pacto entre mí y ti, y te multiplicaré en gran manera”. Así que, nuestra fe y obediencia son esenciales para que su gloria se manifieste en nuestras vidas. ¡Que no ayude el Señor a nunca olvidar esta verdad!

En Cristo,
Gadiel

Saturday, November 3, 2007

Los guiados por Dios (Parte 4)

En las últimas semanas hemos aprendido que Dios tiene un plan delineado para nuestra vida, y que es nuestra responsabilidad descubrir ese plan y colaborar con Dios en la ejecución del mismo. Muchos logramos descubrir el propósito de Dios para nosotros, y nos llenamos de pasión y entusiasmo por ver realizado todo lo que Dios ha hablado para nuestras vidas. Sin embargo, es aquí donde algunos saboteamos el proceso, porque nos apresuramos y desesperamos cuando pasa el tiempo y no vemos progreso en la realización del sueño que Dios ha puesto en nuestros corazones. Nos parece que todo está retrasado y que estamos perdiendo el tiempo, la juventud y la vida, en un callejón sin salida. No recordamos que Dios, quién conoce todas las cosas y tiene el control de todos los asuntos, es a quién tenemos que acudir y en quién tenemos que confiar. Es entonces que, en nuestra intranquilidad, cometemos errores de juicio que, desde nuestro punto de vista, retardan el plan de Dios para nosotros. Los resultados los vemos en ministerios fallidos, matrimonios destruidos, relaciones dañadas, todo causado por una decisión apresurada, tomada sin el consejo y consentimiento de Dios. A esto la Palabra le llama no saber “esperar en Dios”, y es solo el síntoma de asuntos más profundos sin resolver en nuestro carácter: (1) la inmadurez e impetuosidad del vanaglorioso, o (2) la falta de fe y entera confianza en Dios del incrédulo. Hoy vamos a mirar un ejemplo bíblico del primer caso, y la semana entrante veremos un ejemplo para clarificar el segundo caso.

En Éxodo 2-4 y Hechos 7 vemos la historia de Moisés. En su niñez y juventud fue criado en las cortes de Faraón, aprendiendo la cultura, ciencias, artes de política y guerra de una de las civilizaciones mas avanzadas de su época. Pero Moisés tenía en su corazón el fuego del llamado de Dios para su vida, y todas las circunstancias de su caminar apuntaban a que Dios lo usaría para liberar a su pueblo de la esclavitud. ¡Que hermoso y excitante entender que Dios tiene algo con nosotros! ¡Somos grandes, importantes, capaces! ¡Dios nos ha escogido, lo que debe significar que somos gente especial! Este tipo de pensamiento proviene de la altivez de nuestro corazón, y eso era exactamente lo que tenía Moisés en su cabeza mientras mataba al egipcio. Le pareció un tremendo comienzo para su “ministeriazo” entre los israelitas: hacer alarde de su valentía y determinación, capacidad física y técnicas de lucha. Pero al siguiente día se dio plena cuenta de una realidad que lo dejó frío como un témpano de hielo, y que bien debemos aprender como un principio de vida cristiana: en la ejecución de asuntos relacionados con la eternidad es Dios quién define cuándo estamos listos, y muchas veces esto no cuadra con nuestra concepción terrenal del “más adecuado y capaz”. Aquellos que centran sus esperanzas en las cualidades humanas y talentos que han adquirido están destinados a un rudo despertar en el caminar de sus vidas. Cuando el profeta Samuel fue a ungir al nuevo rey de Israel, Dios lo envió a casa de Isaí (1ra Samuel 16). Allí Samuel vio excelentes prospectos, jóvenes de buena presencia, bien criados y listos para grandes empresas. Pero Dios le enseñó que el juicio de los hombres, los cuales valoramos el aspecto externo (lo que ven nuestros ojos), no sirve a sus propósitos eternos. Dios mira el interior, el corazón que se ha doblegado ante él, el espíritu pobre de un hombre que ha reconocido que es nada delante de aquél que todo lo llena. A éste Dios usa con poder para llevar a cabo su propósito.

Es por esto que Dios, en su misericordia, desató persecución sobre Moisés y lo envió a vivir al desierto. Pasó a Moisés de un lugar en donde gozaba de popularidad a un lugar de soledad, de cero influencias. Lo mantuvo en el mas crudo anonimato por cuarenta años (tipo de las temporadas de crecimiento y cambio), enseñándole paciencia en vez de impetuosidad (¿habrá algo excitante que hacer, alguna urgencia criando ovejas en el desierto?), quitándole su vanagloria con el mas simple de los trabajos (¡imagínense a Moisés pensando en cómo estaba desperdiciando sus años de estudio!). El desierto de Moisés, el tiempo de tristeza, de silencio de Dios, de aparente soledad, pérdida de juventud y oportunidades, fue la herramienta que Dios usó para matar al egipcio que había dentro de este varón. Así también, es sumamente importante que entendamos que a nosotros nos toca esperar y confiar en Dios, quién es el que sabe cuán preparados estamos para cumplir sus propósitos eternos. Dios nos pasa por tiempos de espera, de cambio, de aparente estancamiento, para “matar” la mentalidad carnal y mundana en nosotros, para que dejemos de pensar como el resto de los hombres, para que nos comportemos como gente del cielo. Es ahí, cuando él decida, que entonces entraremos en nuestro propósito. Mientras tanto, solo nos toca esperar y confiar.

En Cristo,
Gadiel